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Luna Helada - Jan Costin Wagner

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Jan Costin Wagner

Luna Helada

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Luna Helada(Kimmo Joentaa 01)

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Jan Costin Wagner

Luna Helada

Agradezco muy especialmente su valiosa ayuda a Niina, Georg Simader, Wolfgang Hrner, Esther Kormann, Renate y Dietrich.

Para Kaisa y Kerttu

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Luna Helada

PRIMERA PARTE

CAPTULO 1

Kimmo Joentaa estaba solo con ella cuando se durmi. Se hallaba sentado junto a su cama en la habitacin en penumbra, le sostena la mano y se esforzaba en sentir su pulso. Cuando lo perda, cuando dejaba de or su leve respiracin, contena el aliento, se inclinaba hacia ella y aguantaba en silencio hasta recuperar el contacto. Se relajaba, se hunda un poco sobre s mismo, cuando volva a sentir en sus dedos las leves pulsaciones bajo su piel. Mir varias veces el reloj, porque crea que todo haba pasado. Se haba propuesto establecer el momento de su muerte, sin preguntarse por qu. La idea se le haba ocurrido ya das antes, cuando estaba sentado en el banco de espera ante su cuarto, mirando fijamente la puerta blanqusima tras de la cual yaca. Rintanen, el mdico que la trataba, le haba llevado a un lado antes de entrar a verla con fuertes medicamentos y una sonrisa de nimo; le haba dicho que todo poda acabarse, muy pronto, en cualquier momento. El ya no se separ de ella, coma junto a su lecho y pasaba las noches en una duermevela intranquila, de la que despertaba sobresaltado a cada minuto, temiendo no estar con ella en los ltimos segundos de su vida. Cuando dorma, vea una espesura de grises sueos. En los das previos a su muerte, ella empez a contar historias que l no entenda. Le habl de cuadros que haba visto, de un caballo rojo que haba montado, y de viajes a los pases de su fantasa. Hablaba ms para s misma que para l, y miraba al vaco a travs de sus ojos. En una ocasin, le pregunt quin era y cmo se llamaba. El dijo: Kimmo, y ella form el nombre con sus labios. Le acariciaba la mano, la escuchaba, sonrea cuando ella sonrea, y se prohiba llorar en su presencia. Ella le pregunt algunas veces si poda verla cabalgando en el caballo rojo, y l asinti. Rintanen le explic, a preguntas suyas, que las alucinaciones eran efectos secundarios de los medicamentos. Ella no senta dolor alguno.

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Su muerte se produjo durante la noche, tres das despus de que Rintanen le informara sobre el empeoramiento de su estado. La habitacin estaba oscura, l senta su mano e intua sus ojos y sus labios. Empez a deslizarse hacia la duermevela, de la que fue arrancado por el miedo repentino a que la pausa entre sus respiraciones no fuera a terminar. Hizo lo que haba hecho a menudo, contuvo el aliento, se inclin hacia ella y se mantuvo quieto. Esper su leve y plana respiracin, el dbil pulso en sus dedos, pero en esta ocasin no vino nada. Empez a acariciarle el brazo y se inclin ms, hasta que su mejilla roz sus labios. Acarici lentamente su fro rostro, dej caer la cabeza sobre su regazo. Luego se incorpor y mir el reloj. Eran las tres y catorce minutos, y ella se haba dormido. La idea del momento de su muerte y de los minutos que le seguiran le haba dado que hacer con frecuencia, le haba asediado contra su voluntad, l se haba esforzado en sacudrsela. A medias consciente, haba credo, esperado, que su ltimo aliento tambin detendra su propia vida. A veces se haba imaginado que llorara como nunca haba llorado antes. Haba sido un pensamiento consolador, porque en la imagen que vea las lgrimas encubran el dolor, quizs incluso lo devoraban lentamente. Ahora que haba llegado el momento, no pens en las ideas que se haba hecho de l. Acarici su mano sin ser consciente de que lo haca. Su vida no se haba detenido, y no lloraba. Sus ojos, su garganta, sus labios, estaban completamente secos. Ms tarde no pudo recordar haber pensado algo en los minutos que pasaron hasta que vino la enfermera y l le dijo que ella haba muerto. La enfermera encendi la luz, se acerc a su cama, le tom el pulso y la mir fijamente, con una rutinaria y compasiva mirada. El retrocedi y mir a Sanna, cuyos rasgos haba intuido antes en la oscuridad, a la estridente luz. Por un momento, crey que tan slo dorma. La enfermera sali sin dirigirle la palabra, y regres a los pocos minutos con Rintanen, cuya compasin le pareci autntica. Rintanen le haba permitido estar con ella da y noche, en contra de las normas del hospital. Se propuso darle las gracias en algn momento. Tambin Rintanen comprob lo que ya estaba claro. Asinti imperceptiblemente, se detuvo un instante, y luego acarici de modo muy leve el hombro de Sanna, un movimiento que a Kimmo Joentaa se le qued grabado. Realmente se ha dormido dijo, y Joentaa supo lo que quera decir. El rostro de ella no revelaba dolor alguno. Desea quedarse un rato con ella? pregunt Rintanen, y Joentaa asinti, aunque no estaba seguro de si quera. Prest odos a su interior, mientras el mdico sala al pasillo con la enfermera. Senta que se mova sobre una fina superficie. Rintanen hablaba en el pasillo con la enfermera. El no entenda las palabras, pero saba que su contenido era Sanna y lo que haba que hacer con ella, con su cuerpo muerto.

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Pens: Sanna ya no me pertenece. La mir y tuvo la impresin de que le resultaba fcil sostener la visin de sus ojos cerrados. Trat de tomar conciencia de que no volvera a verla nunca, y de que iba a perderla por entero. Trat de respirar los rasgos de su rostro. Al cabo de un rato se volvi, porque constat que no lo consegua. El alivio de no sentir nada se convirti de golpe en miedo a no poder llorar. Un miedo difuso a que el dolor lo vaciase por dentro antes de que pudiera darse cuenta. Abruptamente, siguiendo un impulso, se puso en pie. Levant el cuerpo de ella, lo estrech contra s, la bes en la boca, en la nuca, la mordi ligeramente en el cuello, en los hombros. Luego la dej, y la tap. Apag la luz y sali de la estancia, sin mirar atrs. Camin a paso rpido por el corredor. Cuando estuvo sentado en el coche, empez a pensar. Senta que algo iba a ocurrir, saba que sera algo que no conoca. Tena miedo, pero lo esperaba, lo anhelaba. Quera estar en casa cuando estallara. Condujo en direccin Angelniemi, aparc el coche ante la entrada. Baj al lago, que brillaba entre rboles oscuros. La desvencijada pasarela cedi bajo su peso, tuvo la impresin de ser atrado hacia las negras aguas. Haba previsto instalar en verano una pasarela nueva, pero ella haba dicho que lo quera todo tal como estaba. Se acord de sus palabras, del clido tono de su voz. Haba estado sentada donde l estaba de pie ahora, volvi a ver su sonrisa, su plido rostro, y sinti el miedo que le haba dejado sin aliento cuando la mir. Supo que haba llegado a su destino. Se quit los zapatos y hundi los pies en el agua. Respir el claro viento y registr, aliviado, cmo el fro del agua ascenda por sus piernas. Esper a que la sensacin de congelacin ocupara todo su cuerpo. Luego se dej hundir, se tumb de espaldas y cerr los ojos. La vio cabalgar en un caballo rojo, vio sus largos y claros cabellos al viento. Esper a que el caballo galopara, esper hasta que ella ri y le grit algo, esper hasta que ella vino rpidamente hacia l, feliz, gritando... luego, al fin, estir los brazos hacia ella y recibi el dolor, que penetr profundo y punzante en l y que ya nunca le abandonara.

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CAPTULO 2

El afinador esper a tener la impresin de que reinaba un silencio absoluto, luego puls la tecla e inhal el duro y errado tono. Cerr los ojos y vio el sonido, luminoso y amarillo, ante el negro teln de sus pensamientos. Un crculo amarillo, una estridente luna llena, que se encogi y desapareci cuando el sonido se hundi en el seno del silencio. Abri los ojos y mir el rostro de la seora Ojaranta, que traa caf y le pregunt si se las arreglaba. El asinti y se esforz por componer una sonrisa. En la taza que ella le alcanz flotaba una luna amarilla y chillona. Esperaba que la seora Ojaranta le dejara solo, pero se sent y empez a hablar. Le pregunt qu opinaba del piano, le cont que tena un cuarto de siglo, herencia de sus padres. Lo mismo que ya le haba contado el da anterior. Vio cmo sus palabras goteaban lentamente en direccin al suelo. Era un buen piano, muy bueno, dijo, y ella asinti, sonri, satisfecha con su respuesta. Cont que ella no tena sentido musical, pero su hermana tocaba muy bien y se alegrara la prxima vez que viniera de visita. El sorbi su caf, disfrut del calor, del dolor en la lengua. Dio un gran sorbo, esper ahogarse en la esfera lunar, pero se la trag. Por las puertas de cristal que llevaban a la terraza luca el sol, y vio el polvo arremolinarse sobre las teclas del piano. Ocult a la seora Ojaranta que aquel instrumento era ya imposible de afinar. Dijo que haca un verano maravilloso, y crey ver en sus ojos la esperanza de la eterna calidez. Fuera, el cielo apareca azul celeste sobre el verde csped. La seora Ojaranta sonri, se levant y le dese xito. El la mir hasta que desapareci de su campo de visin, luego volvi a pulsar la tecla, levemente; esper a que la vibracin del errneo sonido se perdiera en la nada. Trat de imaginar cmo sera sumergirse en esa tierra de nadie, pero no lo logr. Se qued sentado unos minutos, luego se levant y se dirigi hacia la ventana abierta. La seora Ojaranta regaba las flores en el jardn, se mova de forma rutinaria, fluida e indiferente. Estaba seguro de que ella no estaba pensando. Ella se agach y arranc una mala hierba del suelo hmedo. l la mir trabajar un rato. Llevaba un bikini blanco, su piel era plida. l inhal la imagen, cerr los ojos, los abri y la vio morir.

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La vio en agudos contrastes y estridentes colores, quemndose en una rpida sucesin de imgenes.

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